La sociedad terapéutica


La movilización global (Santiago López Petit) 

Hacer de la enfermedad un arma (artículo) 

La sociedad terapéutica (prólogo)  

(Espai en blanc: Revista nº 3-4, 2007)  (Resumen)

 

Hoy la política consiste en gestionar la vida, y lo que alimenta actualmente el capital no es ya el fruto de mi trabajo, sino mi propia vida. Y es esta misma vida gestionada, puesta a trabajar, la que que se convierte en invivible.

Nuestro malestar nace de la imposibilidad de ser dueños de nuestra propia vida, de la imposibilidad de expresar una resistencia común y liberadora contra esta permanente movilización.

Por eso el poder se convierte en poder terapéutico, y la política en gestión (productiva) de ese malestar.

La política, en definitiva, se aproxima a la terapia ya que su función consiste en mantenernos con el mínimo de vida, en capitalizar nuestra vulnerabilidad.

¿Estamos condenados a ser tan solo una “vida sostenible” al borde de la crisis?

¿Se nos ha expropiado la capacidad de ser autores de nuestra propia vida?  Pero, ¿en qué consiste el malestar social?

¿Qué significa hoy “curarse”?

En efecto, la política se convierte en terapia; y la terapia… ¿puede ser hoy una vía de politización? ¿Una vía de acceso a un “nosotros”?

Se puede afirmar que la característica definitoria de la época global en la que estamos consiste en que realidad y capitalismo se han identificado.

Esta identificación se produce después de una Gran Transformación de más de treinta años que ha visto desaparecer lo que antiguamente se llamaba “la cuestión social”.

Todavía dentro del marxismo clásico, si bien renovado, se ha querido aprehender esta transformación como una subsunción de la sociedad en el capital. Subsunción implicaría que la vida (subjetividad, afectos..) es puesta directamente a trabajar para el capital.

Desde esta nueva perspectiva, no es que la vida sea puesta a trabajar, es que la vida misma deja de ser un dato objetivo para convertirse en algo subjetivo: vivir es “trabajar” nuestra propia vida, o dicho más claramente, vivir es gestionar nuestra propia vida.

Se ha dicho muchas veces que el trabajo era la mejor terapia para tener controlados a los enfermos mentales, especialmente, a los más violentos.

“Coged a un furioso, introducidlo en una celda, destrozará todos los obstáculos y se abandonará a las más ciegas embestidas de furor. Ahora contempladlo acarreando tierra: empuja la carretilla con una actividad desbordante, y regresa con la misma petulancia a buscar un nuevo fardo que debe igualmente acarrear. Su exaltación delirante no hace más que activar su energía muscular que se encauza en beneficio del propio trabajo”. S.Pinel: “Traité complet du régime donataire des aliénés”. París 1836.

Pues bien, hoy habría que afirmar que la vida misma es esa terapia. Una terapia de control y de dominio. Aunque pueda parecer inusitado, el efecto represivo que jugaba la obligación del trabajo se reformula como obligación de tener una vida.

La vida, en este sentido, no consiste más que en una actividad privada cuya finalidad es producir una vida privada. No somos más que vidas (privatizadas) movilizadas para reproducir esta realidad hecha una con el capitalismo.

El resultado es, sin embargo, común por cuanto en todas ellas el estado que prima es el del “estar solo”. Porque en la sociedad-red, en definitiva, estar conectado paradójicamente es estar solo.

El malestar social será el nombre de este no-poder, de esa imposibilidad de expresar una resistencia común y liberadora frente a las nuevas condiciones de la realidad. El malestar social no es más que el bloqueo del camino hacia una subjetivización política capaz de enfrentarse al mundo.

Pero para que la movilización funcione, este malestar social tiene que encauzarse y debe comportar, su inutilización política.

Para ello toda dimensión colectiva del malestar tiene que ser borrada: el malestar social será reconducido a una cuestión personal. Así cada vida se adapta e integra en la propia movilización.

De esta manera, vivir acaba siendo sinónimo de movilización. Es por eso que el poder tiene que ser fundamentalmente un poder terapéutico dirigido a mantener funcionando una sociedad enferma.

El poder terapéutico no pasa tanto por el internamiento como por la intervención sobre toda la sociedad. Su intervención no perseguirá curar, sino prevenir, evaluar riesgos, chequear aptitudes, y sobre todo tratar cada caso como particular. Éste es el secreto del modo terapéutico de ejercicio del poder.

Es importante describir sociológicamente este malestar, y así dar cuenta de las múltiples enfermedades del vacío (estados de pánico, depresiones..) que, surgidas por doquier, gestiona el poder terapéutico.

Pero lo verdaderamente importante, y es lo que en verdad nos interesa, es politizar ese malestar social. De aquí que la reflexión sobre la sociedad terapéutica tenga que ir acompañada de un análisis del estatuto de lo político en la actualidad.

Que la vida es actualmente el campo (político) de batalla nos obliga a pensar nuevamente qué significa politizarse, ya que la politización parece ser esencialmente un proceso de autotransformación personal.

Si toda politización tiene que arrancar de la propia vida, y habrá que ver lo que eso comporta, ocurre que una política que se ponga como objetivo la politización de la existencia adopta, paradójicamente, la forma de una terapia.

Este resultado tiene mucho de autocontradictorio y es inaceptable, por cuanto la “forma” terapia implica la existencia de un experto, y en definitiva, una relación jerárquica. Pero no es fácil salir del atolladero.

Si forzosamente estamos obligados a acercar nuestra política –la política que impulsa la politización de la existencia- a una terapia, entonces hay que pensar una política-terapia que se libere de la terapia misma.

No sabemos cuál es el camino, pero estamos convencidos de la necesidad de apuntar más lejos del horizonte terapéutico.

El Colectivo Socialista de Pacientes (SPK) defendió valientemente que había que “hacer de la enfermedad, un arma”.

Este puede ser un buen lema para pensar la interrupción de la movilización global, y encarar así esa vía que deconstruye desde dentro mismo la propia terapia.

 

Hacer de la enfermedad un arma

La enfermedad… ¿Cómo se dice? ¿Cómo la decimos? ¿Qué relación guardan el sufrimiento y el lenguaje, el “paciente” y lo que dice?

Ante la experiencia del dolor el habla se descubre incapaz. Hacer entender al Otro lo que uno sufre parece siempre una empresa desesperada.

La enfermedad impone por eso la experiencia de una privacidad absoluta. Y, sin embargo, ¿no se forma alrededor de esa experiencia del dolor una extraña comunidad?

¿Puede ser la enfermedad un arma contra el poder?

Pero entonces ¿Habría que reivindicar el estar enfermo?

Normalización o enfermedad. ¿Es esta la dualidad a la que tenemos que hacer frente?

O más bien de lo que se trataría es de hacerla estallar.

¿Acaso esto no es abrir un proceso de politización que nos pone frente a nuestras condiciones de vida?

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Tesis y principios del SPK

(Sozialistisches Patientenkollektiv — Colectivo Socialista de Pacientes)

1. La enfermedad es condición previa y resultado de las relaciones de producción capitalista.

2. En tanto que condición previa de las relaciones de producción capitalista, la enfermedad es la fuerza productiva para el capital.

3. En tanto que resultado de las relaciones de producción capitalista, la enfermedad, en su forma desplegada como protesta de la vida contra el capital, es la fuerza productiva revolucionaria para los seres humanos.

4. La enfermedad es la única forma en que la «vida» en el capitalismo es posible.

5. Enfermedad y capital son idénticos: la enfermedad se multiplica e intensifica en la medida en que se acumula capital muerto (capital fijo), un proceso que va acompañado de la destrucción del trabajo humano, la llamada destrucción del capital.

6. Las relaciones capitalistas de producción implican la transformación del trabajo vivo en materia muerta (mercancías, capital). La enfermedad es la expresión de estos procesos cada vez más extendidos.

7. En tanto que desempleo camuflado, y mediante retenciones salariales en concepto de cargas sociales, la enfermedad es el amortiguador de crisis del capitalismo tardío.

8. En su forma no desplegada, es decir en su cara inhibidora, la enfermedad es la prisión interior de cada uno.

9. Si la enfermedad se substrae a su gestión, explotación y guardia en las instituciones sanitarias para manifestarse en forma de resistencia colectiva de los pacientes, el Estado tendrá que intervenir para sustituir la falta de prisión interior por prisiones exteriores «reales».

10. El sistema sanitario sólo puede gestionar la enfermedad privando a los pacientes de cualquier derecho.

11. La salud es una quimera fascista-biologicista que en las cabezas de los idiotizadores e idiotizados del mundo no tiene otra función que enmascarar que la enfermedad está condicionada socialmente y tiene una función social.

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En la relación médico-paciente, en situación terapéutica, el paciente experimenta de forma focalizada su papel de mero objeto privado de derechos frente y en las relaciones sociales, de las cuales la relación médicopaciente sólo es una de ellas.

Esta situación, esta relación, es por tanto el punto de partida para, basándose en las necesidades propias, crear conciencia sobre las condiciones sociales como tales cuyo objeto es el paciente.

De esta conciencia orientada a las necesidades habrán que deducirse las máximas de acción necesarias:

emancipación – cooperación – solidaridad – identidad política.

«La piedra que uno lanza a los centrales de mando del capital y las piedras en los riñones que otro sufre son intercambiables.

¡Protejámonos de las piedras en los riñones!»

Colectivo Socialista de Pacientes / Hacer de la enfermedad un arma. SPK (1972)