Elcuestionamiento de la familia (R.D.Laing)
(Resumen)
La situación más común que me ha sido dado encontrar en una familia es aquella en la que lo que yo pienso que ocurre no guarda casi ningún parecido con lo que cada uno de los miembros de la familia siente o piensa que ocurre, sea ello coincidente con el sentido común o no.
Es posible que nadie sepa lo que ocurre. De cualquier modo, hay algo que un extraño puede con frecuencia percibir sin dificultad: que los miembros de la familia oponen una resistencia concertada tendente a impedir que se descubra lo que ocurre, y que emplean complicadas estratagemas cuyo fin es mantener a todo el mundo en la oscuridad. Y quien se halla en la oscuridad, como es obvio, nada puede ver.
Sabríamos algo más sobre lo que ocurre si ello no nos estuviera prohibido, y si no nos estuviera vedado darnos cuenta de ello.
Entre verdad y mentira se encuentran imágenes e ideas que imaginamos y pensamos como reales, las que paralizan nuestra imaginación y nuestro pensamiento a causa de los esfuerzos que hacemos por conservarlas.
Cada generación proyecta en la siguiente elementos derivados del producto de por lo menos tres factores: lo que fue proyectado en ella por a generaciones anteriores; lo inducido en ella por generaciones anteriores, y su respuesta a esa proyección y esa inducción.
Como lo expresa una frase habitual, Luisito es la “imagen” de su abuelo. Lo que se proyecta o traspone es siempre un conjunto de relaciones en otro conjunto de relaciones. La proyección (al igual que otras operaciones) es por lo general ignorada por las personas que intervienen en ella.
Una manera de conseguir que una persona haga lo que queremos es darle una orden. Conseguir que alguien sea lo que queremos que sea, o lo que suponemos que es, o lo que tememos que sea (esto último lo mismo si lo deseamos que si no), es decir, conseguir que encarne nuestras proyecciones, es ya otra cuestión.
En un contexto hipnótico (o similar) no le decimos a esa persona lo que debe ser, sino lo que es. Esas atribuciones son, en tal contexto, mucho más poderosas que las órdenes (u otras formas de coerción o persuasión).
Una orden no necesita ser definida como tal. Creo, personalmente, que la mayor parte de las órdenes más tempranas y perdurables que recibimos nos son impartidas en forma de atribuciones.
Se nos dice: las cosas son así y así. Se nos dice, por ejemplo, que somos un buen muchacho o una buena chica, y no simplemente que debemos ser un buen muchacho o una buena chica. Es posible que nos digan ambas cosas; pero si somos (esto o aquello), no es necesario que nos digan que seamos lo que ya nos han “dado a entender” que somos.
El medio más importante que utilizamos para esta clase de comunicación es quizás el lenguaje no verbal. Así, si yo lo hipnotizo a usted, no digo: “Le ordeno sentir frío”. Indico que hace frío. Usted inmediatamente, siente frío. Creo que muchos niños comienzan en un estado semejante.
A los niños les indicamos cómo son las cosas y ellos adoptan posiciones en el espacio definido por nosotros. Luego pueden optar por convertirse en un fragmento de ese fragmento de sus posibilidades que nosotros les indicamos que son.
Lo que les decimos explícitamente es, creo, menos importante. Lo que les indicamos que son es, en realidad, una orden sobre cómo representar un drama. Es decir, un argumento.
Darse cuenta de esas cosas no es “normal”. Hay diversos calificativos psiquiátricos y una variedad no menor de tratamientos aplicables a quienes incurren en ello.
Opino que muchos adultos (yo entre ellos) están o han estado sumidos, en mayor o menor grado, en un trance hipnótico que se remonta a su primera infancia: permanecemos en ese estado hasta que, repentinamente despiertos (como hace decir Ibsen a uno de sus personajes), descubrimos que nunca hemos vivido.
Los intentos por despertar antes de tiempo son a menudo castigados, en especial por quienes más nos aman. Porque ellos, benditos sean, están dormidos. Piensan que la persona que se despierta o que, aún dormida, comprende que lo que se tiene por verdadero es un “sueño”, se está volviendo loca.
Cualquiera que se encuentre en ese estado de transición es probable que se sienta confusa. Señalar esa confusión como signo de enfermedad es una manera rápida de originar una psicosis.
La persona que advierte que “todo esto es una pesadilla” teme volverse loca. Un psiquiatra que declara ser médico de almas pero que mantiene a la gente dormida, la somete a tratamiento por el hecho de haberse despertado y la vuelve a dormir con medicamentos (en forma cada vez más eficiente, a medida que este ámbito de la tecnología perfecciona sus armas), la ayuda en realidad a volverse loca.
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El mundo, según Hegel, es “una unidad de lo dado y lo interpretado”. Es difícil determinar qué es lo “dado” y cuáles nuestras “interpretaciones”.
Un modo de lograrlo es comparar las maneras en que los seres humanos experimentan el mundo en diferentes épocas y lugares, o incluso en una misma época y lugar.
Todos hemos sentido sorpresa y hasta incredulidad cuando, al tener a nuestro alcance por primera vez los datos de la antropología, comprobamos lo amplias que son las diferencias que separan esas maneras de experimentarlo.
No conocemos en detalle la forma en que se llega a ese resultado. Podemos decir con certeza que los niños no nacen experimentando el mundo del mismo modo en que lo hacen los adultos en una cultura determinada.
Interpretan lo “dado” original en la misma forma en que nosotros, los adultos, lo hicimos alguna vez, aunque lo hayamos olvidado.
El estudio de las experiencias de la primera infancia es muy difícil: los niños no pueden decirnos en nuestro lenguaje qué experimentan y nosotros, con frecuencia, no podemos recordar.
Nuestra experiencia de adultos es el producto muy complejo de muchos procedimientos.
Las leyes que gobiernan nuestra experiencia son, creo, tanto naturales como sociales. En un cierto nivel de comprensión, distinguimos entre leyes naturales y sociales.
Cuanto más “profundamente” implantadas están las leyes sociales, cuanto más “duramente programadas” o “encurtidas” están en nosotros, tanto más “naturales” llegan a parecernos.
En realidad, si alguien viola una de esas leyes “profundamente” implantadas, nos sentimos inclinados a calificar de “antinatural” su conducta.
A continuación mencionaré algunos rasgos aparentemente “naturales” de la experiencia contemporánea, que adquirimos a muy corta edad.
Interpretamos lo dado en función de distinciones, conforme a reglas. Sometemos nuestra experiencia a operaciones, con el propósito de acatar las reglas. Por medio de esas operaciones, de acuerdo con las reglas, en función de las distinciones, se engendra un producto.
Hacemos distinciones, pero esas distinciones no están ya formuladas y a nuestra disposición cuando nacemos.
Toda experiencia mediante la cual lo dado es objeto de algún tipo de distinción, no es inocente ni dada, aunque pueda parecerlo. Somos libres de aplicar nuestros calificativos de distintos modos, pero nuestro conjunto de calificativos está tan determinado para nosotros como los fonemas (unidades de sonido) de nuestro lenguaje.
Supongo que esas distinciones son adquiridas, y adquiridas a una edad temprana. Un conjunto de distinciones primitivas son formadas. La formación de ese conjunto y las operaciones a que se lo somete son gobernadas por reglas.
Creo que al año del nacimiento han llegado a formarse, entre otras, las distinciones siguientes: dentro/fuera; placer/dolor o agradable/desagradable; real/no real; bueno/malo; yo/no yo; aquí/allá; entonces/ahora.
Una de las distinciones fundamentales es la que expresan los términos adentro y afuera. Es imposible pensarla durante largo tiempo independientemente de las otras distinciones que hacemos: esta distinción (al igual que las demás) opera con otras distinciones de acuerdo con las reglas que rigen sus combinaciones.
La distinción entre adentro-y-afuera se aplica a casi todas las facetas de la experiencia. Me es casi imposible no hacer esa distinción. Muy raras veces la dejo de lado.
Sugiero al lector las siguientes acciones: 1) trague la saliva que hay en su boca; 2) sorba agua de un vaso y tráguela; 3) escupa en el vaso y trague la escupida junto con el agua; 4) sorba un poco de agua, vuelva al vaso, sórbala de nuevo y tráguela.
Quizás el lector pueda cumplir sin incomodarse las cuatro operaciones, pero hay mucha gente que no puede hacerlo por cuanto la tercera y la cuarta, en especial, le resultan repugnantes.
Sentimos que hay una diferencia entre la saliva que se encuentra dentro de nuestra boca y esa misma saliva cuando ha sido arrojada fuera unos pocos centímetros.
La diferencia se acentúa cuando lo que se ubica dentro o fuera son excrementos.
Nosotros nos sentimos dentro de un saco de piel: lo que se halla fuera del saco es no-nosotros. Yo-adentro. No yo-afuera.
En momentos de éxtasis (cópula, inanición, audición de música, fiebre alta) la distinción se anula.
Pocos son los que no han experimentado esa anulación, pero pocos también, en mi concepto, los que la han experimentado a menudo o por largo tiempo. Esos momentos son excepciones privilegiadas.
En circunstancias normales la distinción entre lo interno y lo externo es una de las que, combinadas con otras distinciones según reglas de una sintaxis de la experiencia, contribuyen a darnos la sensación de que nuestra experiencia tiene un sentido.
Pertenecen al orden sociofamiliar, no al orden natural.
Sin embargo, la sintaxis del sentido común es tan oscura como obvia. En una ciudad moderna quizá prefiramos dar por sentado que yo estoy dentro de mi piel y fuera de la tuya, y que tú estás dentro de tu piel y fuera de la mía.
Pero surgen dificultades. “Yo” estoy dentro de mi piel, pero puedo experimentar como externo lo que está dentro de mí y todo lo que yo no soy por dentro. ¿Dónde estoy, entonces? ¿No del todo dentro de algo? ¿No del todo fuera de algo? ¿Dentro de qué quiero estar? ¿Fuera de qué quiero estar?
Quizá pueda hacer un cambio. Por medio de la proyección, llevar fuera lo que está dentro de mí. Por medio de la introyección, llevar dentro lo que está fuera de mí. Así me he dado vuelta a mí mismo de adentro para afuera y de afuera para dentro. Pero, a pesar de ese cambio, aún puedo experimentar lo interno como externo y lo externo como interno.
Dadas nuestras distinciones y nuestras reglas, tenemos que trabajar para normalizar nuestra experiencia. Nunca lo lograríamos si no fuéramos capaces de someterla a un conjunto adicional de operaciones, de las cuales ya hemos mencionado algunas.
El psicoanálisis engloba a la mayoría bajo la denominación de “mecanismos de defensa”: Negación (“las cosas son así” se transforma en “las cosas no son así”; Disociación (un conjunto dividido en dos subconjuntos; Desplazamiento (siento enojo contra Tomás, en vez de sentirlo contra Ricardo); Sustitución (veo otra cosa en su lugar); Proyección (traspongo lo interno a lo externo); Introyección (traspongo lo externo a lo interno); Racionalización (me doy un pretexto); Represión (es olvidar algo y olvidarse de que se lo ha olvidado)
Las operaciones imponen restricciones adicionales al producto. “Borran” y sustituyen lo que se halla de acuerdo con las reglas, y lo hacen conforme a reglas que las gobiernan a ellas mismas.
Cuando no hay inconveniente en que la experiencia sea agradable, como también cuando la experiencia debería ser agradable, es sometida a una operación cuya finalidad es hacerla más agradable en apariencia.
Pero cuando el placer está prohibido o es desdeñado, el “placer” es entonces sacrificado a otros valores que ocupan un lugar más alto en la jerarquía.
La mayoría de las operaciones a que se somete a la experiencia son a su vez sometidas a operaciones para volverlas inconscientes.
Las operaciones impuestas a la experiencia de las que venimos hablando no son, por lo general, experimentadas. Es tan poco frecuente que ello ocurra que, si no me hubiera acontecido sorprenderlas en acción algunas veces y enterarme de que a otros les ha ocurrido lo miso, me sentiría inclinado a pensar que, en su esencia, no son elementos de la experiencia.
Ello me induce a sostener que hay una operación o una clase de operaciones que actúan sobre nuestra experiencia de nuestras operaciones con el fin de excluirlas de nuestra experiencia.
Tales operaciones actúan de algún modo sobre la experiencia que tenemos de ellas, en forma tal que no experimentamos ni nuestras primeras operaciones ni las operaciones que excluyen a éstas de nuestra experiencia. Esto es particularmente en el caso de la represión.
Una operación de represión claramente definida lleva a cabo una intercepción, de modo tal que: 1) olvidamos X; 2) no tenemos conciencia de que hay una X que hemos olvidado; 3) no tenemos conciencia de que hemos olvidado X; 4) no tenemos conciencia de que no tenemos conciencia de que hemos olvidado que hemos olvidado X.
La represión es la aniquilación, no sólo desde el recuerdo, sino también del recuerdo de una parte de la experiencia, junto con la aniquilación de la experiencia de la operación. Es el producto de por lo menos tres operaciones.
Las operaciones que he mencionado son operaciones que imponemos a nuestra propia experiencia. Las hacen las personas para sí mismas. Pero serían innecesarias si las reglas de las familias no las exigieran, e ineficaces sin la cooperación de los demás.
La negación es exigida por los demás: es parte de un sistema transpersonal de colusión por el cual obramos de acuerdo con los demás y éstos con nosotros.
Representar la “familia feliz”, por ejemplo, no sería posible si no hubiera colusión.
Individualmente, soy desdichado. Lo niego a mí mismo. Niego a mí mismo y a los demás que esté negando algo. Los demás deben proceder igual. Debo hacerme cómplice de su negación y complicidad, y ellos deben hacerse cómplices de las mías.
“De modo que somos una familia feliz y no tenemos secretos entre nosotros. Si somos desdichados/debemos mantenerlo en secreto/y somos desdichados por tener que mantenerlo en secreto y desdichados por tener que mantener en secreto/el hecho/ de que tenemos que guardarlo como un secreto y porque estamos manteniendo todo eso en secreto. Pero, como somos una familia feliz, comprenderán ustedes que el problema no se plantea”.
Se espera de uno que sea capaz de experimentar pasión después de casado, pero no que la haya experimentado en exceso (menos aún, que se haya dejado arrastrar por ella) mucho tiempo antes.
Si esto es demasiado difícil, uno debe fingir primero que no siente la pasión que realmente siente y alardear luego de una pasión que en realidad no siente y simular que ciertos movimientos apasionados de resentimiento, odio o envidia son irreales, no se han producido o son otra cosa.
Ello requiere realizaciones falsas, desrealizaciones falsas y un pretexto (racionalización).
Después de este holocausto casi total de la experiencia en el altar de la conformidad, es probable que nos sintamos algo vacíos. Pero podemos tratar de llenar ese vacío con dinero, artículos de consumo, posición, respeto, admiración, o con la envidia que nos provoca el éxito económico, profesional o social de nuestros colegas.
Todo eso, más un repertorio de distracciones permitidas u obligatorias, sirve para distraernos de nuestra propia distracción.
Y si nos hallamos recargados de trabajo, demasiado tensos, podemos refugiarnos en líneas de defensa adicionales incuestionablemente lícitas: podemos degustar mixturas, narcóticos, estimulantes, sedantes o tranquilizantes que nos depriman aún más, hasta el punto de impedirnos comprender lo deprimidos que estamos, y nos ayuden a excedernos en la comida y el sueño.
Y más allá de eso hay todavía otras líneas de defensa, que llegan hasta los electroschocks, hasta la solución final (o casi) que consiste pura y simplemente en remover partes del cuerpo culpable, en especial del sistema nervioso central.
Esta última solución, sin embargo, sólo es necesaria cuando la lobotomía social normal no da resultado y la lobotomía química fracasa igualmente.
No puedo imaginar otro modo de obtener un producto “normal” a partir de la sustancia de nuestro yo originario que no sea ése: una vez que llegamos a nuestra matriz de distinciones, tenemos reglas para combinarlas y dividirlas en conjuntos y subconjuntos.
El producto “normal” requiere que esas operaciones sean negadas.
Nos gusta la comida presentada con elegancia ante nosotros, pero no queremos oír hablar de las fábricas en que se procesa a los animales, de los mataderos, ni de lo que ocurre en la cocina.
Nuestras ciudades son nuestras fábricas; familia, escuela e iglesias, los mataderos; universidades y otros lugares, las cocinas.
En nuestra vida de adultos, en el matrimonio y los negocios, consumimos el producto.
