Desmesura (Fernando Balius)
(Resumen)
Quiero contar algo para entender aún más lo que me sucede.
Para pensarlo con otros y que incluso pueda servir a alguien.
Pienso en los que transitan parajes semejantes,
pienso en los que aman a quienes lo hacen.
Vuelvo al principio: oigo voces.
Las oigo dentro de mi cabeza.
En Inglaterra se acuñó el término voice hearer, "escuchador de voces",
que no suena tan mal como todo lo demás.
Psicosis, alucinación auditiva, esquizofrenia...
Voice hearer, simple descripción.
Entré en la adolescencia
como tantos otros...
Estética ligeramente estrafalaria, sensaciones de incomprensión
y singularidad absoluta: yo, yo, yo, yo.
Lo peor fue salir de ahí,
simplemente no encontré el camino, me perdí.
Clase media, periferia urbana, aislamiento.
De atormentado de instituto a proletario amargado.
De atormentado voluntario a
atormentado sin escapatoria.
Currar y pensar,
currar y pensar.
Con diecinueve años mi cabeza era una estrella
que hacía equilibrios sobre los hombros.
La velocidad de las cosas se incrementó semana a semana.
Antes de cumplir los veinte comencé a tener
serios problemas para distinguir lo que pensaba sobre la realidad
de lo que la realidad era.
Esa es una experiencia que casi todas las personas
han tenido en uno u otro momento de sus vidas,
pero el problema viene cuando las fronteras
se diluyen definitivamente y tu mundo
se derrama en todas direcciones.
Un día la crisis es más fuerte de lo que ha sido hasta el momento, o la tensión se ha acumulado más allá de los límites razonables,
o sucede una desgracia que le corta el cable a los frenos de tu pensamiento, o te hieren de manera voluntaria, o cometes la estupidez de ingerir alguna droga, o...
Entonces se cierne sobre tu cabeza una ola gigantesca que se recorta contra el cielo durante
un breve instante de quietud
para luego caer a plomo sobre ti.
El peso del mundo, el peso, al menos, de tu mundo. Aturdimiento.
Desmesura.
Sin embargo, el problema real no es el episodio. El problema no son los ruidos y las voces que están solo en tu cabeza.
Ni las taquicardias y los músculos agarrotados. Me ha costado un buen número de años y muchas batallas
darme cuenta de que todo eso no son más que síntomas.
Y los síntomas son pistas, rastros que pueden llevarte de la mano al origen del dolor.
La angustia se hacía cada vez mayor. Coleccionaba certezas.
Creía saber lo que los demás
pensaban de mí
en cada instante.
Un clásico del sufrimiento psíquico:
pensar que los demás
dedican su tiempo a juzgarte.
La etiqueta psiquiátrica iba mutando. Un tipo con bata blanca y rostro abotargado me miró con sus ojos cansados,
habló abiertamente de psicosis y pasó de puntillas (presentándola quizás como horizonte y amenaza a la vez)
por esa otra palabra maldita que ninguna madre quiere escuchar jamás:
esquizofrenia
Tampoco en esta ocasión recuerdo cómo encajé el golpe,
posiblemente ni siquiera lo interpretara como tal.
Al fin y al cabo no conocía "psicóticos" ni "esquizofrénicos" (más tarde aprendería que tal cosa no existe, solo hay personas)
Mi experiencia real se ceñía a un fenómeno muy concreto: oír voces.
Y cuando uno reconoce algo así ante quien sea,
bien bajo la presión más o menos disimulada del psiquiatra de turno
o simplemente llevado por una ingenua honestidad,
algo se rompe en el espacio invisible
que le rodea.
Por eso aprendes a callarte, y claro,
cuando uno se calla, uno ya no es uno.
Y cuando uno se queda
sin un lugar en el que puede ser quien es,
es difícil que las cosas vayan a mejor.
Cuando nos referimos a la salud mental o al sufrimiento psíquico, nuestro pensamiento se desplaza de manera automática al ámbito cerrado de las cabezas,
pero el resto del cuerpo también se ve involucrado en ese sufrimiento. Algo de lo que no suele hablarse.
Lo realmente jodido
no es perder la cabeza,
sino que no haya nadie cerca cuando intentas recuperarla.
Yo soy un hombre con suerte.
Muchas veces al volver
he podido ver y sentir a los míos
rondando cerca.
La incorporación del humor al día a día de una persona que oye voces es esencial.
Me atrevo a decir que lo es para cualquiera que sufra algún tipo de patología mental.
Si no te ríes un poco de ti mismo, no hay nada que hacer.
Los lugares comunes a los que nos arrastra la cultura
en todo lo que tiene que ver con la locura son... ... desoladores.
Aislamiento y tormento,
un malditismo eternamente adolescente, narcisista.
Hablo del humor-salud.
Del humor como arma
en la conquista de la salud,
del comentario que es una chispa que ilumina la habitación oscura
o un vaso de agua fresca y cristalina que alguien te regala
en medio de la sed.
El humor atenúa intensidades y rompe con el egotismo.
Te diluye.
Te hace menos estúpido y te ayuda a colocarte en tu sitio.
La memoria oscila entre la perfección y el desenfoque. Pero ni con esas puedo confirmar que todo haya sucedido tal y como lo narro, quizás esas pequeñas verdades solo tengan validez en el mundo de mis ruidos. En todo caso, eso es lo que importa, ¿no?
Este no es un relato de superación individual,
es parte de una construcción colectiva de sentido.
Hasta ahora he sido capaz de respetar un cierto orden cronológico.
Ya no.
Tampoco tendría ningún sentido hacerlo.
Un esquema binario de tragedia-redención
sencillamente no funcionaría.
Desde mi total ignorancia,
me parecía increíble que alguien pudiera emitir un diagnóstico así
en menos de tres cuartos de hora.
Esa duda me ayudó a emprender el viaje
que me ha llevado hasta donde estoy.
Al principio me hundí en un océano de lamentos y maldiciones.
El clásico "¿por qué yo?" y la necia sensación
de que nadie ha pasado antes por lo mismo que tú.
El hecho de pertenecer a la clase media, por muy jodido que resulte decirlo, fue decisivo. Conocía estudiantes de medicina, tenía acceso a bibliotecas universitarias y disponía de bastante tiempo para mí mismo.
No todo el mundo posee esas facilidades a los diecinueve años.
Necesitaba conocer las experiencias de otros hombres y mujeres que también oyeran voces.
Intuía (y los años vendrían a confirmarlo) que allí podría encontrar pistas para trazar mi propio camino, uno que fuera diferente al que planteaba mi incipiente historial psiquiátrico.
1. Hurgar en los libros de psiquiatría.
2. Hurgar en los libros que cuestionaban los libros de psiquiatría que había leído.
3. Buscar gente que de manera pública ofreciera otros relatos distintos del que la medicina me había colgado al cuello.
……………………………….
En un contexto de competitividad y simulacro, romperse me parece un desenlace lógico.
Por tanto, creo que hay algo coherente en el hecho de enloquecer.
Herejía.
En tanto que me desvío de los relatos dominantes,
no me queda otra opción que construir historias alternativas.
Historias donde la diferencia
no nos empuje a la exclusión
y a la inevitable violencia que camina de su mano....
... donde lo inusual de nuestras experiencias
no sea razón para invalidarlas...
... donde podamos darles un sentido.
Historias para los que vienen después....
... para plantarle cara a la vida...
... para recuperar la capacidad de asombro.
Historias que combaten el miedo colectivamente...
... que comparten dolores para que esos dolores desaparezcan...
... que abren resquicios desde donde imaginar horizontes comunes.
Historias que sean nuestras.