Capturas y fugas



¿Reforma o revolución?

Capturas y fugas en las instituciones de salud mental                                    (Laura Martín López-Andrade)

(Resumen)

La práctica psiquiátrica no se puede escapar de la violencia.

Cualquier modelo, desde lo teórico a lo asistencial, en última instancia siempre va a ser violento y coercitivo.

Los manicomios de antes son los diagnósticos de ahora.

El encierro de ahora es un encierro lingüístico. Es un encierro que empieza por el diagnóstico.

El manicomio no está en un edificio, éstá en la cabeza, decía Basaglia. Está, por ejemplo, cuando utilizamos la palabra terapéutico, porque una terapia implica alterar o cambiar lo supuestamente alterado.

Todo eso que llaman “el estigma”, no viene por los medios de comunicación, ni viene por la creencia popular de que la locura es peligrosa, sino que todo el estigma procede de un único lugar, que es el diagnóstico.

Sin diagnóstico no hay posibilidad de represión, no hay posibilidad de privación de derechos, y no hay posibilidad de que a una persona se le diga que tiene que ser de otra forma.

Quizás la más importante estrategia del poder psiquiátrico es que el loco se reconozca a sí mismo como enfermo, porque eso completa el círculo de verdad de la psiquiatría.

Y el movimiento del Orgullo Loco a mí me gusta por eso, porque permite sentirse orgulloso de no ser como los demás.

Ahora estamos en la época de la normalización: todos tenemos que ser iguales. Y esa es un poco la trampa del individualismo.

Ridiculizo mi profesión de continuo porque creo que es lo único que la engrandece.  Otra forma de decirlo, es que no tengo otra forma de sobrevivir y desaparecer a la vez.

La única práctica revolucionaria –que por eso la llamamos Revolución Delirante- dentro de la institución, y que intente cambiar las cosas, tiene que estar destinada a permanecer y a destruirse.

Esa es la contradicción de mi profesión.

Creo que cualquier iniciativa revolucionaria que intente cambiar, no sólo la asistencia –porque si no, sólo cambiaríamos la forma de hacer-, sino la teoría respecto a lo que vemos y a lo que entendemos, tiene que cambiar la mirada.

Cambiar una mirada destinada a ver qué tiene “mal” o alterado, por otra mirada que pueda entender a la gente y contextualizar su sufrimiento.

Sin embargo, hay un riesgo de fundamentar todo en una teoría y englobar a toda la gente según la teoría que tú tienes, porque como me decía un chico con el que trabajé:

“Parece que los psiquiatras se creen más su teoría que yo mi delirio”.

Si tú tienes un modelo riguroso que te amplie la mirada, sólo llegas a una conclusión cuando conoces a alguien, y es que el modelo no te sirve de nada.